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lunes, 26 de agosto de 2013

La globalización de la pobreza



«Somos la primera generación que puede erradicar la pobreza». En el año 2005, en las campañas de promoción de los Objetivos del Milenio, este eslogan expresaba, a costa de olvidar la historia real de las luchas de las generaciones anteriores y las razones por las que no consiguieron vencer, el optimismo autosatisfecho con que se afrontaba entonces en los países del Norte la erradicación de la pobreza del Sur. Porque era obvio que cuando se hablaba de “pobreza” se hacía referencia a otros países y pueblos, los del Sur global. Ocho años después, buena parte de esa “generación” está más preocupada por librarse de la pobreza cercana que por erradicar la lejana.
La crisis capitalista que estalló en el año 2008 está transformando el mundo con una radicalidad que sólo tiene parangón en los orígenes del capitalismo. Como diagnosticó Karl Polanyi en su imprescindible La gran transformación: «El mecanismo que el móvil de la ganancia puso en marcha únicamente puede ser comparado por sus efectos a la más violenta de las explosiones de fervor religioso que haya conocido la historia. En el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia». [1] El triunfo del neoliberalismo en los años ochenta del siglo pasado dio inicio a una “segunda corrosión”, que arrasó las economías de los países del Sur con los planes de ajuste estructural y comenzó una demolición sistemática tanto de los sistemas públicos en los que estaba basado el Estado del Bienestar como de los valores morales asociados a ellos.
Al comienzo de la crisis financiera que hoy sufrimos, se hizo célebre una frase del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, llamando a «refundar sobre bases éticas el capitalismo». Expresaba así los temores de las élites hacia el rechazo social a un modelo económico desnudado por la caída de Lehman Brothers y las tramas ocultas de la financiarización que, en aquel momento, sólo empezaban a emerger. Lamentablemente, esa contestación no llegó a alcanzar ni la fortaleza necesaria ni una expresión política significativa en los países del Centro, con la excepción de la organización Syriza en Grecia.
Una vez comprobada la debilidad del adversario, cambió radicalmente el sentido de la “refundación”. «Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando». El lema del multimillonario Warren Buffett, que como tantos otros –George Soros en primer lugar– ejerce de filántropo en los ratos libres con las migajas de sus actividades de especulación financiera, resume la dinámica fundamental de la situación internacional: ciertamente, asistimos a un intento de “refundación del capitalismo”, pero no sobre “bases éticas”, sino sobre las bases de la lucha de clases y por medio de la acumulación por desposesión –según la expresión de David Harvey– de los bienes comunes y públicos, y de los derechos sociales y las condiciones para una vida digna de la gran mayoría de la población mundial. [2] Las políticas de ajuste estructural de los ochenta y noventa en el Sur imperan ahora en la Unión Europea con fundamentos similares y nombres diversos: austeridad, disciplina fiscal, reformas, externalizaciones.
Este es el marco general de la “globalización de la pobreza” que es el tema del presente artículo. Llamamos así a la lógica común que produce y reproduce el empobrecimiento de las personas en todo el mundo, tanto en el Norte como en el Sur. Pero es necesario analizar las diferencias en los procesos políticos y económicos creadores de pobreza, en sus consecuencias materiales en la vida de las clases trabajadoras y en las percepciones sociales que se tienen de estos procesos. Mostraremos también el rol que, desde los gobiernos de los países centrales y las instituciones multilaterales, quiere asignarse al mercado y a las grandes empresas en la erradicación de la pobreza, así como el papel residual que va a cumplir la cooperación internacional para el desarrollo tras el estallido del crash global.
Somos conscientes de que las categorías, que utilizaremos indistintamente, Norte/Sur o Centro/Periferia simplifican la realidad, en general, y especialmente en lo que se refiere a la pobreza. Sin duda, hay muchos “Sures”, e incluso dentro de un mismo continente hay una enorme distancia política y social entre, por ejemplo, México y los países de la Alianza Bolivariana para América (ALBA). En los límites de este texto, trataremos de analizar por qué todavía pueden señalarse excepciones a esta regla, que aún permiten establecer diferencias significativas en el tratamiento que se da a la pobreza en los países centrales y periféricos. Para ello, partiremos de datos fiables, entre los que no está, por cierto, el Índice deDesarrollo Humano del PNUD, que en el año 2011 situaba a Chipre en el muy honorable puesto 31 y con tendencia ascendente; por tener una referencia, Venezuela ocupaba el puesto 71 en la misma clasificación.
Entre la pobreza y las “clases medias”
Según una interpretación ampliamente difundida, la crisis capitalista está siguiendo un curso paradójico que cuestiona los esquemas tradicionales sobre la jerarquía Norte-Sur: mientras que las economías del Centro, especialmente la de la Unión Europea, bordean o se hunden en la recesión, las economías periféricas, sobre todo las de los países llamados “emergentes”, mantienen año tras año altos niveles de crecimiento, por encima del 5% del PIB. Una de las consecuencias de esta asimetría es que la pobreza ha hecho su aparición en el Norte como un problema político importante, con un gran impacto social, mientras que, a la vez, parecería estar en retroceso en el Sur. Frecuentemente, se asocia esta situación con el estado de las “clases medias”, nuevo mantra sociológico que se ha convertido en el criterio de medida de numerosos fenómenos sociopolíticos relevantes, desde la movilidad social a la crisis de la democracia.
Hay en estos enfoques datos relevantes que dan cuenta de cambios profundos en la situación internacional: por ejemplo, la relativa y desigual autonomización de los países del Sur, bajo el liderazgo de aquellos que forman parte de los BRICS –Brasil, India, China y Sudáfrica; no cabe incluir a Rusia desde ningún punto de vista en la categoría “Sur”–, respecto a los “viejos” imperialismos, EEUU y la UE. [3] En lo que se refiere a la lucha contra la pobreza, sin embargo, esta consideración del contexto internacional es más que discutible. Empezaremos por el Sur, planteando dos tipos de problemas: el primero, la valoración de los logros alcanzados en la erradicación de la pobreza; el segundo, el uso y la manipulación de la categoría “clases medias”.
Con la habitual afición de los políticos del establishment a las cifras redondas, el secretario general de Naciones Unidas ha contado los mil días que quedan para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y se ha mostrado extraordinariamente satisfecho de los logros ya alcanzados. En especial, porque en los últimos doce años «600 millones de personas han salido de la pobreza extrema, lo que equivale al 50%». El cálculo es cuanto menos engañoso: según el Banco Mundial, en 1990 el 43% de la población mundial vivía con menos de 1,25 dólares al día, mientras en 2010 esta cifra ha caído al 21%; esta es la reducción a la mitad a la que se refiere Ban Ki-moon. Pero no informa ni de las condiciones de extrema pobreza que siguen existiendo cuando se supera la barrera de los 1,25 dólares de ingreso diario –más del 40% de la población mundial sobrevive con menos de dos dólares al día–, ni de que cerca de 1.300 millones de personas siguen viviendo por debajo de ese nivel. Al final, esa reducción de la pobreza extrema se debe a los grandes países emergentes, fundamentalmente a China, y no tiene nada que ver con las políticas y proyectos inspirados en los ODM ni tampoco con la ortodoxia económica imperante.
En la presentación de esta nueva campaña, que tuvo lugar el pasado 2 de abril en la Universidad de Georgetown bajo la marca de «Un mundo sin pobreza», el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, afirmó: «Nos hallamos en un auspicioso momento histórico, en que se combinan los éxitos de décadas pasadas con perspectivas económicas mundiales cada vez más propicias para dar a los países en desarrollo una oportunidad, la primera que jamás hayan tenido, de poner fin a la pobreza extrema en el curso de una sola generación». No puede tomarse en serio un proyecto que tiene como punto de partida una visión tan poco consistente de la situación internacional, en la que por cierto no podía faltar la ya habitual coletilla generacional.
La ingeniería estadística sobre las “clases medias” merece una mayor atención. Un reciente estudio publicado por el Banco Mundial [4] propone un cambio importante en la caracterización y medición de la pobreza: lo más significativo es el uso del concepto de «seguridad económica», entendido como «baja probabilidad de volver a caer en la pobreza». De ahí nace una nueva categoría, la población «vulnerable», una estación de paso desde la pobreza hasta la entrada en la «nueva clase media», formada por quienes han alcanzado la «seguridad económica» y garantizarían la «estabilidad económica futura». La suma de pobres, vulnerables y clase media supone el 98% de la población latinoamericana; por tanto, la medida del éxito en la lucha contra la pobreza sería una movilidad social ascendente hacia la clase media. Esto es lo que, según los autores, está ocurriendo, ya que «la clase media en América Latina creció y lo hizo de manera notable: de 100 millones de personas en 2000 a unos 150 millones hacia el final de la última década». Nos estaríamos acercando, siguiendo esa argumentación, a un continente de “clases medias” que habría superado definitivamente el peso determinante de la pobreza.
Aunque los criterios cuantitativos sean sólo unos de los que deben ser tenidos en cuenta en el análisis de la pobreza, en ocasiones son imprescindibles para concretar los términos del debate. [5] Si hacemos caso al Banco Mundial, se considera pobres a quienes tienen ingresos inferiores a 4 dólares; estos vienen a representar el 30,5% de la población latinoamericana. Las personas que tienen entre 4 y 10 dólares al día serían las “vulnerables”, el 37,5% de la ciudadanía de América Latina. Por encima de los 10 hasta los 50 dólares de ingreso diario estaría la “clase media”, el 30% de la población continental. Por último, el 2% restante son los considerados “ricos”, que ingresan más de 50 dólares al día. Tomando como referencia el salario mínimo existente en Ecuador, unos 300 dólares mensuales, podemos comprobar, en fin, que con un ingreso como este se tendría acceso a la “clase media”. No parece, pues, que tal clasificación sea razonable: lo suyo sería concluir que, al menos, el 68% de la población latinoamericana es pobre. Y además, continuando con la referencia ecuatoriana, vemos que esa “clase media” se compondría, en realidad, de trabajadores con ingresos de entre uno y cinco veces el salario mínimo, es decir, quienes están entre un frágil escalón por encima la pobreza y el nivel medio-alto de la población asalariada.
Brasil aparece como uno de los principales estandartes utilizados para justificar todo este proceso de ascenso de las “clases medias”. Así, el Gobierno brasileño define como clase media a quienes alcanzan un ingreso per cápita mensual de entre 291 y 1.019 reales, [6] de manera que el 54% de la población del país pertenecería a esta supuesta “clase media”. En la última década, 30 millones de personas (el 15% de la población) habrían “salido de la pobreza”, ya que pasaron a disponer cada mes de ingresos superiores a 250 reales. Teniendo en cuenta que en Brasil el salario mínimo es de 678 reales, esta “clase media” tendría unos ingresos que oscilarían entre el 42% y el 150% de un salario mínimo. Con semejantes criterios, parece fácil alardear de que Brasil sea ya un país de “clases medias”, unas “clases medias” cuyos ingresos no permiten siquiera alcanzar una cobertura digna de las necesidades básicas.
Es verdad que, para evaluar esta cobertura, también hay que tener en cuenta otros factores; sobre todo, la extensión y calidad de los servicios públicos al alcance de los ciudadanos y, por tanto, el volumen de gasto social destinado a ellos. Por eso es muy importante tener en cuenta que, en cuestiones económicas básicas, Brasil, como la gran mayoría de los países del Sur, se somete a la ortodoxia dominante: con nueve días del pago de la deuda externa podría cubrirse todo el presupuesto del programa Bolsa Familia, eje de la política asistencial y de la base electoral del partido gobernante. [7] Si podemos decir que con la crisis capitalista los programas de ajuste estructural han viajado del Sur al Norte, los fundamentos del Estado del Bienestar, por el contrario, no han hecho el viaje desde el Norte hasta el Sur.

Dice David Harvey que «el crecimiento económico beneficia siempre a los más ricos». Efectivamente, ellos están siendo los principales beneficiarios del crecimiento en los países del Sur, de ahí que el incremento del PIB se vea acompañado del aumento sostenido de la desigualdad. La bonanza económica no está produciendo un incremento de esas ficticias “clases medias”, sino de millones de empleos precarios, con bajos ingresos, mínimos derechos laborales y grandes carencias en servicios sociales. “Trabajos brasileños” se les llama, precisamente, en algunos análisis sociológicos con sentido crítico. Pero son mucho más habituales los enfoques afines a las ideas del Banco Mundial, que en sus versiones más delirantes llegan nada menos que a llamar “neoburguesía” a la “clase media”.
No han terminado los procesos de empobrecimiento en el Sur, pero es cierto que se han modificado. Sustancialmente, sólo en aquellos países –como Venezuela– que están realizando un esfuerzo considerable más allá del incremento de los ingresos de los trabajadores pobres, apostando por el establecimiento de potentes redes públicas de educación, vivienda y sanidad. Sin embargo, en la gran mayoría de los países, se ha pasado de la extrema pobreza al empleo extremadamente precario, en un camino que además tiene vuelta atrás. Si las frágiles expectativas de movilidad social ascendente se quebraran, una posibilidad nada descartable dadas las actuales perspectivas de la economía global, la situación en el Sur tendería a parecerse más a las revoluciones árabes que a los ficticios paraísos de la “clase media”.

Extensión y percepción social de la pobreza
En la Unión Europea, antes del estallido de la crisis financiera, 80 millones de personas –el 17% de la población– sobrevivían en la pobreza. En el año 2010, la cifra había aumentado hasta los 115 millones de personas (23,1%) y se estimaba que un número similar se encontraba «en el filo de la navaja». [8] Pero, para entender la situación actual, hay que considerar la etapa anterior al crash global. Porque si es significativo y alarmante el crecimiento de la pobreza, también debía haberlo sido que antes de 2008 la pobreza fuera ya una lacra masiva tanto en la Unión Europea como en España, donde entre 2007 y 2010 pasó de afectar a 10,8 millones de personas (23,1% de la ciudadanía) a 12,7 millones (25,5%).
La extensión de la pobreza es, sin duda, un problema de primera magnitud. Creemos, sin embargo, que no explica por sí sola que en cinco años la pobreza haya pasado de ser considerada por la mayoría de la población europea como un problema marginal y ajeno, “invisible”, cuyo control quedaba a cargo de las organizaciones asistenciales y con mínimos subsidios públicos, a afectar a la situación y los temores de esa mayoría de la ciudadanía que se consideraba liberada para siempre de “caer en la pobreza”. Se afirma ahora que la pobreza se ha hecho más intensa, más extensa y más cíclica. De estas características hay que destacar la tercera, que indica una tendencia al incremento de la pobreza sin “brotes verdes” en el horizonte, estimulada por las políticas que se imponen implacablemente en la Unión Europea, sin alternativas creíbles a medio plazo. La pobreza se ha hecho “visible” en la UE no sólo porque haya más pobres, sino fundamentalmente porque se ha masificado la conciencia del riesgo de caer en la pobreza. [9]
Diagnosticar el problema como una “crisis de las clases medias” es una simplificación que no permite entender ni las causas de la crisis actual ni las condiciones básicas para revertir esa tendencia al empobrecimiento. También en los países del Norte este es un concepto manipulable y fundamentalmente subjetivo: un mileurista era hace unos pocos años el símbolo de la precariedad, hoy sería considerado un miembro más de la “clase media”. Es más útil considerar en su conjunto los elementos principales, bien conocidos, que han ido produciendo la corrosión de la “seguridad social”, con minúscula, característica fundamental del Estado del Bienestar: el paro masivo, de larga duración y con subsidios decrecientes; el incremento de los “trabajadores pobres” porque el trabajo precario y sometido al poder patronal ya no asegura ingresos suficientes para una vida digna; los recortes drásticos en el empleo en la administración y en los servicios públicos, que amenazan al funcionariado; el riesgo de no poder hacer frente a las deudas contraídas en la etapa anterior, que permitieron una burbuja de alto consumo en las clases trabajadoras pese a la tendencia generalizada a la caída de los salarios desde los años noventa; el deterioro de la calidad de la sanidad y la educación, y el aumento de los pagos a cargo de los usuarios que sirven para avanzar en su privatización.
Todo este conjunto de medidas responde a una lógica común que es el principio fundamental de la economía política neoliberal: la reducción sistemática del coste directo e indirecto de la fuerza de trabajo. En condiciones de relaciones de fuerzas muy favorables para el capital, eso termina desgarrando las redes de seguridad que constituían la base de estabilidad del sistema. Es aquí, en la debilidad de las clases trabajadoras, incluso aquellas que consideraban un logro garantizado el empleo estable de calidad, con sanidad y enseñanza básica públicas y gratuitas y jubilación en condiciones dignas, donde ha nacido el pánico a la pobreza y, al mismo tiempo, la impotencia para hacerle frente. Y es que, a diferencia de la situación en muchos países periféricos, donde con independencia de la orientación política de los gobiernos se ponen en marcha políticas focalizadas en la pobreza –habitualmente por razones de gestión de conflictos y construcción de clientelas electorales, muy alejadas de la idea de solidaridad–, en los países del Centro, y particularmente en la UE, las políticas que se aplican siguen sometidas a la “regla de oro” de privilegiar los intereses del capital sobre las necesidades de la población, tratando la atención social a la población empobrecida como un lastre y recortando sistemáticamente los fondos destinados a ella. En este contexto, que el año 2010 haya sido etiquetado como el «Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social» no deja de ser un sarcasmo.

Desde los primeros estudios de los conflictos sociales característicos de la sociedad capitalista, se ha considerado un rasgo fundamental de la clase obrera la “inseguridad” en las condiciones de vida. Cuando, gracias a las políticas propias del Estado del Bienestar, pareció que esta característica desaparecía para una gran parte de la población trabajadora, la categoría de “clase media” cumplió la función de certificar esa nueva situación: «Hemos dejado de ser clase trabajadora», vino a decirse entonces. El neoliberalismo desarrolló con éxito «una demonización de la clase obrera», según la expresión de Owen Jones en su excelente reportaje Chavs, [10] tratando a esta como un grupo social en declive, cuyos ingresos no provienen del trabajo sino de los subsidios públicos.
Generalizando la inseguridad social y aproximando la amenaza de la pobreza, la crisis está debilitando estas barreras ideológicas que fragmentaban el tejido social de las clases trabajadoras. Pero no caerán si no se enfrentan a alternativas que comprendan que sólo puede lucharse eficazmente por la erradicación de la pobreza venciendo a quienes la producen.

Mercado y empresas para “luchar contra la pobreza”
«El capital, las ideas, las buenas prácticas y las soluciones se extienden en todas direcciones». [11] Sumidos en una crisis económica, ecológica y social como nunca antes había conocido el capitalismo global, estamos asistiendo al final de la “globalización feliz” y a la demolición de la belle époque del neoliberalismo. [12] Pero las grandes corporaciones y los think tanks empresariales insisten en no darse por aludidos; lejos de cuestionar su responsabilidad en el actual colapso del sistema socioeconómico y en la crisis civilizatoria, las empresas transnacionales vuelven a presentarse como el motor fundamental del desarrollo y la lucha contra la pobreza. Según el pensamiento hegemónico, la gran empresa, el crecimiento económico y las fuerzas del mercado han de ser los pilares básicos sobre los que sustentar las actividades socioeconómicas de cara a combatir la pobreza. Eludiendo su responsabilidad en el origen de la crisis sistémica que hoy sufrimos, así como el hecho de que ellas están siendo precisamente las únicas beneficiarias del crack, las grandes corporaciones nos proponen más de lo mismo: que el fomento de la actividad empresarial, la iniciativa privada y el emprendimiento innovador sean los argumentos fundamentales para la “recuperación económica”.
Esta reorientación empresarial consiste en aplicar, junto con una táctica defensiva basada en el marketing, una estrategia ofensiva para pasar de la retórica de la “responsabilidad social” a la concreción de la “ética de los negocios” en la cuenta de resultados mediante toda una serie de técnicas corporativas. Y su objetivo no es el de atajar las causas estructurales que promueven las desigualdades sociales e imposibilitan las condiciones para vivir dignamente a la mayoría de la población mundial, sino gestionar y rentabilizar la pobreza de acuerdo a los criterios del mercado: beneficio, rentabilidad, retorno de la inversión. Es lo que hemos denominado pobreza 2.0 y constituye uno de los negocios en auge del siglo XXI. [13] En los países del Sur global, por un lado, eso se traduce en el deseo del “sector privado” de incorporar a cientos de millones de personas pobres a la sociedad de consumo; en el Norte, por otro, significa la no exclusión del mercado de la mayoría de la población, una cuestión central ante el creciente aumento de los niveles de pobreza en las sociedades occidentales como consecuencia de las medidas económicas que se están adoptando para “salir de la crisis”.
«Ya es hora de que las corporaciones multinacionales miren sus estrategias de globalización a través de las nuevas gafas del capitalismo inclusivo», escribían hace diez años los gurús neoliberales que llamaban a las grandes empresas a poner sus ojos en el inmenso mercado que forman las dos terceras partes de la humanidad que no son “clase consumidora”. «Las compañías con los recursos y la persistencia para competir en la base de la pirámide económica mundial tendrán como recompensa crecimiento, beneficios y una incalculable contribución a la humanidad», decían entonces. [14] Hoy, las corporaciones transnacionales han asumido plenamente esta doctrina empresarial y han puesto en marcha una variada gama de estrategias, actividades y técnicas que tienen como objetivo que las personas pobres que habitan en los países del Sur se incorporen al mercado global mediante el consumo de los bienes, servicios y productos de consumo que suministran estas mismas empresas. “Responsabilidad social”, “negocios inclusivos” en “la base de la pirámide”, “inclusión financiera”, “alfabetización tecnológica” y, en definitiva, todas aquellas vías que permitan lograr el acceso a nuevos nichos de mercado se justifican con el argumento de que van a contribuir al “desarrollo” y la “inclusión” de las personas pobres. Pero, como recalcó Evo Morales en la última Cumbre Unión Europea-CELAC, «cuando nos sometemos al mercado hay problemas de pobreza; problemas económicos y sociales, y la pobreza sigue creciendo».
Al mismo tiempo, en los países centrales, donde también están aumentando los niveles de pobreza y desigualdad, en vez de emplear los recursos públicos en políticas económicas y sociales que pudieran poner freno a esa situación, las instituciones que nos gobiernan no se han salido de la ortodoxia neoliberal y han emprendido toda una serie de contrarreformas que van a contribuir a aumentar el empobrecimiento de amplias capas de la población. Y las grandes empresas, en este contexto, están rediseñando sus estrategias para no perder cuota de mercado: «En Madrid, Londres o París también hay favelas, aunque no se llamen así», sostiene un experto brasileño en “la base de la pirámide”, «es un mercado creciente que compone la nueva clase media con poder de consumo». [15] Gigantes como Unilever, por ejemplo, ya están pensando en trasladar aquí estrategias que antes probaron que funcionaban en países del Sur. [16] Pero, aunque algunas multinacionales están viendo cómo aplicar en Europa la lógica de los “negocios inclusivos”, la mayoría de las grandes corporaciones ha optado por no innovar demasiado cuando lo que se trata es de seguir incrementando los beneficios: la continuada presión a la baja sobre los salarios [17] y la expansión de la cartera de negocios a otros países ymercados han sido, hasta el momento, las vías preferidas por las empresas para continuar con sus dinámicas de crecimiento y acumulación.

La tendencia a considerar el incremento del crecimiento económico como la única estrategia posible para la erradicación de la pobreza se ha visto reforzada desde que estalló la crisis financiera. Con el actual escenario de recesión, las grandes corporaciones pretenden incrementar sus volúmenes de negocio y ampliar sus operaciones en las regiones periféricas para así contrarrestar la caída de las tasas de ganancia en Europa y EEUU. Por su parte, los gobiernos de los países centrales abogan por un aumento de las exportaciones y de la internacionalización empresarial como forma de “salir de la crisis”. Según la doctrina neoliberal, la expansión de los negocios de estas compañías a nuevos países, sectores y mercadosredundará en un incremento del PIB y, por consiguiente, en una mejora de los indicadores socioeconómicos, fundamentalmente en el aumento del empleo. «La única solución posible para superar la crisis y volver a crear puestos de trabajo es recuperar el crecimiento económico», resume el presidente de La Caixa, quien para lograrlo propone «buscar nuevas fuentes de ingresos, diseñar nuevos productos y abrir nuevos mercados». [18]
A pesar de que las afirmaciones acerca de una correlación directa entre el crecimiento del PIB y los avances en términos de desarrollo humano no resistirían ningún análisis serio, la idea de que crecimiento económico es equivalente a desarrollo se ha hecho dominante en el discurso de la “lucha contra la pobreza”. De esta manera, las referencias al crecimiento de las economías nacionales –cuantificadas exclusivamente a través del aumento del PIB– como vía para la superación de la pobreza no solo forman parte de toda la arquitectura discursiva de la agenda oficial de desarrollo, sino que además se están pudiendo llevar a la práctica mediante la asignación de medios y recursos públicos para las estrategias de fomento de la actividad empresarial y de los “negocios inclusivos”. Esto es así porque las principales agencias de cooperación y los gobiernos de los países del Centro, así como los organismos multilaterales, las instituciones financieras internacionales e incluso muchas ONGD, avalan este discurso y trabajan por incorporar al “sector privado” en sus estrategias de desarrollo.

De la cooperación internacional a la filantropía empresarial
La cooperación para el desarrollo, en tanto que política pública de solidaridad internacional, difícilmente encuentra encaje en este marco. Y es que, en las contrarreformas estructurales que se imponen en la actualidad, la cooperación internacional no está teniendo un destino diferente al del resto de los servicios públicos: la privatización y la mercantilización. No puede decirse que en los últimos años se haya provocado un cambio de rumbo en la senda emprendida por los principales organismos y gobiernos que lideran el sistema de cooperación internacional, sino más bien lo contrario: en el marco de la búsqueda de alternativas neoliberales para huir hacia delante con la actual situación, la crisis ha llevado a que toda la renovada orientación estratégica de la cooperación para el desarrollo se refuerce y cobre aún más sentido.
Por eso, estamos asistiendo a una profunda reestructuración de la arquitectura del sistema de ayuda internacional con vistas a reformular el papel que han de jugar, tanto en el Norte como en el Sur, los que se considera que son los principales actores sociales –grandes corporaciones, Estados, organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil– en las estrategias de “lucha contra la pobreza”. La hoja de ruta para los próximos tiempos parece clara: otorgar la máxima prioridad al crecimiento económico como estrategia hegemónica de lucha contra la pobreza, considerar al sector empresarial como agente de desarrollo en las líneas directrices de la cooperación, reducir los ámbitos de intervención estatal a determinados sectores poco conflictivos y limitar la participación de las organizaciones sociales en las políticas de cooperación para el desarrollo. [19]
Ya no es posible «seguir exportando tanta solidaridad», las «circunstancias han cambiado» y los compromisos contra la pobreza han de reorientarse «hacia nuestro territorio». Eso afirmaba el pasado mes de septiembre el consejero de Justicia y Bienestar Social de la Generalitat Valenciana, Jorge Cabré, para justificar la decisión de su Gobierno de poner fin a las políticas de cooperación internacional. Es sólo un ejemplo de cómo, siguiendo una línea argumental similar, tanto el Gobierno central como la mayoría de las administraciones autonómicas y municipales del Estado español eliminaron o redujeron drásticamente sus presupuestos para cooperación al desarrollo en 2012. Y para este año, lejos de augurarse una recuperación –cierto es que existen algunas excepciones a esta tendencia generalizada–, caminamos en la misma dirección: como ha denunciado la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, a los 1.900 millones de euros que se recortaron el pasado año se le sumarán este otros 300 millones más. Con todo ello, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) española pasará a suponer solamente el 0,2% de la renta nacional bruta, lo que nos retrotrae a niveles de principios de los noventa. «Fue un error perseguir el 0,7%», dice ahora el secretario de Estado de Cooperación y para Iberoamérica, Jesús Gracia, renunciando así a la que desde hace dos décadas ha sido una de las reivindicaciones fundamentales de las ONGD en el Estado español y que los sucesivos ejecutivos se habían comprometido a cumplir firmando el Pacto de Estado contra la Pobreza.
En los años ochenta y noventa, la cooperación internacional contribuyó a apoyar el Consenso de Washington y las reformas estructurales que posibilitaron la expansión global de las grandes corporaciones que tienen su sede en los principales países donantes de AOD. Hoy, la cooperación al desarrollo ya no cumple un papel fundamental para la legitimación de la política exterior del país donante, como lo venía haciendo hasta el comienzo de la crisis financiera. Aunque aún puede seguir desempeñando un rol secundario en la proyección de imagen internacional, su función esencial es la de asegurar los riesgos y acompañar a estas empresas en su expansión global, así como contribuir a la apertura de nuevos negocios y nichos de mercado con las personas pobres que habitan en “la base de la pirámide”.
En el caso que nos toca más de cerca, todo ello se articula en torno a la famosa marca España, un proyecto para atraer capitales transnacionales a nuestro país –con EuroVegas como modelo bandera– y fomentar la internacionalización de las empresas españolas: en palabras de José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, «los intereses de España en el exterior son en gran medida intereses económicos y tienen a las empresas como protagonistas». Esto se constata, sin ir más lejos, en el presupuesto del ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para este año, en el que se observa que la partida de cooperación para el desarrollo ha disminuido el 73% entre 2012 y 2013 mientras, en el mismo periodo, han subido el 52% los fondos para la acción del Estado en el exterior a través de sus embajadas y oficinas comerciales. [20]
Nos hemos habituado a escuchar con frecuencia, en el discurso oficial, una frase que se repite a modo de justificación: «Bastante tenemos con la pobreza de aquí como para preocuparnos de la de otros sitios». Es evidente que los últimos gobiernos españoles, tanto el actual como el anterior, han incumplido una y otra vez sus compromisos sobre la cooperación internacional y la lucha contra la pobreza a nivel mundial. [21] Y a la vez, no es verdad que, a cambio, se estén destinando más fondos para afrontar la extensión de la pobreza en nuestro país. Aquí y ahora, esa labor se está dejando en manos de algunas ONG y de las grandes empresas, recuperando la obra social, la caridad y la filantropía como forma de paliar las crecientes desigualdades. Mientras crece la desigualdad a marchas forzadas –desde 2007, la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre en España ha subido un 30%–, [22] resurge con fuerza la filosofía del “neoliberalismo compasivo”, basada en la idea de que pueden paliarse la pobreza y el hambre aportando “lo que nos sobra”.
«Cada vez más gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro país», decía Cruz Roja en sus anuncios para el último «Día de la Banderita», poniendo el foco en la pobreza “local”. «Cuenta conmigo contra la pobreza infantil», ese era el lema de la pasada campaña navideña de La Caixa y Save the Children, añadiendo lo de “infantil” para darle un toque adicional de sentimentalismo. Y tenemos muchos más ejemplos de cómo las grandes corporaciones están intentando reapropiarse de las buenas intenciones y de la solidaridad de una ciudadanía cada vez más preocupada por el incremento de la pobreza y elhambre: desde la filantropía de Amancio Ortega, patrón de Inditex y tercer hombre más rico del planeta, que ha donado 20 millones de euros a Cáritas (el 0,05% de su fortuna), hasta los spots tipo «siente a un pobre a su mesa» que han publicitado diferentes ONGD, [23] pasando por el auge de los bancos de alimentos, a los que han anunciado donaciones grandes empresas como Mercadona o Repsol. Hace años, la “solidaridad de mercado” se medía en base al dinero recaudado en los telemaratones, hoy parece computarse a partir de la cantidad de bolsas de comida que pueden donarse a las organizaciones asistencialistas.
Repensando el modelo de desarrollo

«No es una crisis, es una estafa», gritan los manifestantes que protestan por la privatización de la sanidad, la educación y el agua. Y efectivamente, no hay otro nombre mejor para explicar el hecho de que los grandes capitales privados estén saliendo reforzados de la crisis mientras, por el contrario, la mayoría de mujeres y hombres van perdiendo empleo y vivienda, sanidad y educación, pensiones y derechos sociales conquistados en el último siglo. En este contexto, los cambios sustanciales para luchar contra la pobreza sólo pueden darse confrontando, en alianza con las organizaciones políticas y sindicales y con los movimientos sociales emancipadores, a las reformas económicas y los ajustes estructurales que cada día producen y reproducen un mayor empobrecimiento.
Ante el desmantelamiento de la cooperación como política pública de solidaridad internacional, la única forma de no perder ese sentido solidario que ha presidido las actividades de muchas organizaciones españolas de cooperación internacional en las dos últimas décadas es trabajar, aquí y ahora, en la formulación y puesta en práctica de una agenda alternativa de desarrollo en la que la cooperación solidaria se entienda como una relación social y política igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales emancipadores. No podemos pensar que vamos a aliviar la pobreza con lo que nos sobra, hace falta otro programa político. Trabajando en la construcción de alternativas solidarias que pueden contribuir a la resistencia social frente a los procesos de empobrecimiento y, en un futuro, a ganar fuerza para revertirlos, es decir, para cambiar de raíz la economía política dominante, tutelada por la dictadura de la ganancia. En eso estamos.




Miguel Romero es editor de la revista VIENTO SUR y Pedro Ramiro es coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.
Este artículo ha sido publicado en la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013, pp. 143-156, disponible aquí.
Ecoportal.net
Notas
[1] K. Polanyi, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989, p. 66.
[2] D. Harvey ha desarrollado recientemente las modalidades de esta acumulación, como puede verse en esta entrevista de E. Boulet al geógrafo británico: «El neoliberalismo como “proyecto de clase”», Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.
[3] No es el tema central de este artículo, pero dejemos claro que no hay nada que lamentar en esto que podríamos llamar “desoccidentalización”, por más problemática que sea la nueva relación de fuerzas a nivel global desde el punto de vista de los intereses de las mayorías sociales.
[4] F. H. G. Ferreira, J. Messina, J. Rigolini, L. F. López-Calva, M. A. Lugo y R. Vakis, La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina. Panorama general, Banco Mundial, Washington, 2013.
[5] Los principales datos que aquí vamos a citar están tomados de J. L. Berterretche, «Los tramposos delirios de los tecnócratas del Banco Mundial», Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.
[6] El tipo de cambio es de 1 real = 0,38 euros. El salario mínimo en Brasil es de 678 reales, por tanto, unos 257 euros.
[7] El 42% del presupuesto federal brasileño se destina al pago de la deuda pública. Los presupuestos de educación y sanidad equivalen solamente al 8% y 10%, respectivamente, de esta enorme sangría de los fondos públicos.
[8] Así lo recogía el diario El País, 30 de marzo de 2013, pp. 4-5.
[9] Diferentes estudios alertan de ello: Intermón Oxfam, por ejemplo, en Crisis, desigualdad y pobreza (Informe nº 32, 2012), pronostica que en España pasaremos de tener 12,7 millones de pobres (27% de la población total) en 2012 a 18 millones (38%) en 2022.
[10] O. Jones, Chavs. La demonización de la clase obrera, Capitán Swing, Madrid, 2012.
[11] Eso afirma el Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD, Visión 2050. Una nueva agenda para las empresas, Fundación Entorno, 2010).
[12] R. Fernández Durán, La quiebra del capitalismo global: 2000-2030. Preparándonos para el comienzo del colapso de la civilización industrial, Libros en Acción, Virus y Baladre, 2011.
[13] Hemos desarrollado ampliamente estas ideas en: M. Romero y P. Ramiro, Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización de la cooperación al desarrollo, Icaria, Barcelona, 2012.
[14] C. K. Prahalad y S. L. Hart, «The fortune at the bottom of the pyramid», Strategy and Business, nº 26, 2002.
[15] «En Madrid hay favelas aunque no se llamen así», El País, 3 de septiembre de 2012.
[16] «En Indonesia, vendemos dosis individuales de champú a dos o tres céntimos y aún así obtenemos un beneficio decente», afirma un ejecutivo de la compañía en «La pobreza regresa a Europa», Público, 27 de agosto de 2012.
[17] En este año, por primera vez los excedentes empresariales (46,1%) han superado a las rentas salariales (44,2%) en el cómputo del PIB español.
[18] I. Fainé, «Crecer para dirigir», El País, 2 de noviembre de 2011.
[19] G. Fernández, S. Piris y P. Ramiro, Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores: Bases para un encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2013.
[20] CONGDE, «Análisis y valoración de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo-España del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2013», 8 de octubre de 2012.
[21] Plataforma 2015 y más, «España lidera la reducción de la Ayuda Oficial al Desarrollo y lleva la cifra de cooperación a su mínimo histórico», 3 de abril de 2013.
[22] Cáritas, Desigualdad y derechos sociales. Análisis y perspectivas, Fundación Foessa, 2013.
[23] Acción contra el Hambre, por ejemplo, nos invitaba a dar un donativo por cada “menú solidario” que consumiéramos en uno de los «Restaurantes contra el hambre» que formaban parte de la campaña; en una línea similar, Intermón Oxfam nos llamaba a sentarnos en su 

sábado, 2 de marzo de 2013

El Redescubrimiento de Marx en la Crisis Capitalista


                                                  El ascenso, caída y regreso de los análisis marxistas



Los análisis de tipo marxista están nuevamente resurgiendo en los diálogos públicos sobre la economía y la sociedad. Treinta años de lo que fue una exitosa agitación sistemática con cara anti-marxista ha ido poco a poco desvaneciéndose en el discurso político, de los medios de comunicación, la academia y demás espacios de discusión. Una nueva generación descubre y se esfuerza por comprender la riqueza de las diversas contribuciones de esta tradición.
Fueron las crisis capitalistas las que en parte contribuyeron con el desarrollo del pensamiento de Marx, el mismo que eventualmente fue abrazado por muchos a través de los últimos dos siglos. Esto es importante porque es otra crisis, esta vez comenzando en el año 2007, la que ha renovado el interés general por el marxismo.i Si bien la intensidad de la disfunción cíclica capitalista en sus recurrentes crisis motiva el interés por el marxismo, es este último el que hace del capitalismo el objeto de la crítica. Ahí radica una de las diferencias fundamentales con la economía keynesiana, cuyo objeto de estudio es la crisis, pero cuyo fin es moderar la misma para preservar al sistema.ii

En el siglo previo a la década de los 1970, las víctimas y críticos de las crisis capitalistas encontraron recursos teóricos y estratégicos en los trabajos de Marx y sus seguidores. Eso contribuyó a diseminar la tradición marxista de análisis social a través del mundo. La interacción con varios contextos sociales a través del tiempo llevó al desarrollo de múltiples y diferentes—y a veces opuestas— interpretaciones o versiones de la teoría social marxista.
Gracias a esto el marxismo acumuló diversos análisis críticos del capitalismo, varias posturas cuestionando las teorías que lo apoyaban, y complejas conexiones con toda una gama de organizaciones y movimientos políticos. También recogió y debatió las lecciones teóricas y prácticas adquiridas de las experiencias de los movimientos sociales inspirados en el mismo.
Aún en periodos cuando el dogmatismo promovió una sola interpretación (o “tendencia”) dentro del marxismo como interpretación “genuina”, y atacó y suprimió otras interpretaciones, las mismas sobrevivieron. Al mismo tiempo nuevas tendencias surgieron, y es que el marxismo continúa existiendo como un recurso diverso y enriquecido para activistas y teóricos que buscan un cambio social que vaya más allá del capitalismo.

Los defensores del capitalismo no se han quedado pasivos y han tratado por varias vías de aniquilar, reprimir, ignorar y marginalizar al marxismo y sus exponentes. Sus esfuerzos muchas veces han logrado decelerar o revertir temporeramente los avances que hizo la tradición en el siglo antes de la década de los setenta. Aunque de manera desigual, pero sí comprometida, la tradición marxista ha logrado incluir y participar en uniones de trabajadores, partidos políticos, periódicos, asociaciones académicas, institutos de investigación, y gobiernos locales, regionales, nacionales y organizaciones de carácter internacional. La misma también ha generado diferencias internas, debates y conflictos—algunos de los cuáles han sido violentos— dentro de sus tendencias constitutivas.

Sin embargo, la década de los setenta transformó las condiciones y posibilidades para el marxismo. Para ese entonces el capitalismo se había recuperado de manera significativa, tanto del daño a sus instituciones, como al de su apoyo público, causados por la Gran Depresión de los treinta y las Segunda Guerra Mundial. Los setenta presenciaron una intensos contra-ataques de parte de la comunidad empresarial y grupos conservadores en contra de los impuestos, reformas, regulaciones y demás intervenciones instauradas durante la depresión sobre las empresas capitalistas privadas y el 10% más rico de la población. Tanto ellos como el gobierno norteamericano, que cada vez controlaban más, demonizaron todo lo que tuviese que ver con el marxismo, en especial cuando Ronald Reagan llega a la presidencia estadounidense. Campañas muy bien financiadas se dedicaron a denunciar como marxistas, “anti-americanas”, dictatoriales, y contra-productivas a las intervenciones estatales, de uniones, o populares que habían puesto límites al capital privado. Las crecientes contradicciones del socialismo “realmente existente”, que oficialmente celebraba a Marx y al marxismo, facilitaron tales campañas. Marx, el marxismo, el socialismo, y el comunismo eran frecuentemente interpretados como sinónimos— fusiones promovidas tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, aunque por razones diferentes.

El periodo de las post-guerra presenció un capitalismo que celebraba su renovada fortaleza. En los Estados Unidos, las políticas del Nuevo Trato, que estaba bajo ataque y fue debilitado en el periodo de 1945 a 1970, fue en gran medida desmantelado, lo que contribuyó a una baja en la membresía y la influencia de las uniones. Esto fue acompañado con un aumento relativo de la oferta en el mercado laboral relativo a la demanda. Por estas y otras razones la experiencia de un siglo de aumentos en el salario real en los Estados Unidos terminó en la década de los 70.
La economía, la política y la cultura dieron un viraje a la derecha: se gestó un periodo neoliberal enfocado en los recortes en impuestos (especialmente para los patronos y los ciudadanos ricos), la privatización de los medios de producción y la desregulación de los mercados. Un individualismo reforzado terminó siendo orientado hacia la obtención de riqueza lo más rápido posible mientras denigraba los valores y esfuerzos sociales colectivos.

La década de los 70 también abrió nuevas oportunidades globales para la inversión por empresas capitalistas. Cambios tecnológicos dentro de las firmas (uso de computadoras), en el uso de transportación (aérea) y en las telecomunicaciones (internet) facilitaron la coordinación global dentro y entre corporaciones capitalistas. Los procesos de instalar, mantener y refinar esos cambios tecnológicos también se convirtieron en oportunidades inversión con alta rentabilidad. Más importante aún fue el combinar este capitalismo global con nuevas fuentes de trabajo relativamente barato localizado y proviniendo de lo que fue el 2do mundo y el actualmente llamado 3er mundo. En fin,cambios tecnológicos que contribuyeron a aumentar la productividad del trabajo se combinaron con condiciones en el mercado de la fuerza de trabajo para detener el aumento en salarios reales. Debido a estos factores, los excedentes y plusvalías capitalistas aumentaron, con los treinta años antes del año 2008 experimentando uno de los más importantes auges en rentabilidad en la historia del capitalismo (Wolff, 2010).

Como respuesta a todo lo anterior, los admiradores del sistema capitalista en los medios, las empresas, la política y la academia celebraron, mientras que los trabajadores, el socialismo y el marxismo se debilitaron y redujeron su esfera de influencia de manera desigual pero prácticamente por todo el mundo. Los apologetas del capitalismo insistían nuevamente que el capitalismo había “superado sus tendencias de crisis”. El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, dijo a finales de los 90 que vivíamos en una “nueva economía”. Una vez se da la implosión de la URSS, los enemigos del marxismo cambiaron el enfoque de sus ataques. Antes de 1989 habían descrito a esa teoría como una errónea y malvada que había guiado una práctica errónea y de traición. Luego de 1989 trataron a la misma como una reliquia del pasado que ya no merecía atención seria alguna. El capitalismo había ganado la batalla en contra del socialismo. Con su “no hay alternativa al capitalismo” celebraba la primer ministro inglesa Margaret Thatcher al sistema, mientras los Estados Unidos de Reagan era su emblemática superpotencia.

Ayudados por la nueva razón anti-marxista, los medios de comunicación continuaron excluyendo los análisis marxistas de los nuevos eventos mientras que en la política y la academia evitaron que marxistas pudieran acceder a posiciones dentro de sus círculos, salvo algunas excepciones. Se decía que la historia había hecho de esa teoría y sus compromisos políticos una criatura anacrónica. El mundo había avanzado. Muchos marxistas modificaron sus posiciones o abandonaron plenamente al marxismo al no poder sostener sus ideas en este ambiente.

Una vez se dio el colapso de la “nueva economía” de Greenspan en el 2008 y se expuso nuevamente la inestabilidad inherente del sistema, Marx y el marxismo fueron nuevamente redescubiertos. La tradición marxista fue considerada útil para comprender las causas y costos de la crisis y las posibles soluciones alternativas al sistema. El resto de este escrito busca ilustrar esa relevancia.

Aquellos que confrontaban al marxismo por primera vez, al igual que muchos que ya estaban familiarizados con la tradición, eran atraídos y estaban sorprendidos con su riqueza y diversidad. Algunos se sentían tan incómodos con las múltiples tendencias que se enfocaron en una sola, como si la misma fuese el marxismo como tal e ignoraron otras tendencias dentro del mismo en lo que ha sido un problema recurrente de sectarismo teórico. Otros abrazaron la riqueza del marxismo y participaron en debates con otras tendencias internas. Apoyaron, extendieron y aplicaron una o varias de esas tendencias y debatieron el porqué de sus posiciones con otros representantes de interpretaciones alternativas. Finalmente, concibieron sus proyectos como participantes en la construcción de una tradición compleja y diversa que luchaba para mover a la sociedad más allá del capitalismo.

En este escrito voy a utilizar una interpretación particular de la teoría marxista para proveer una explicación de la crisis capitalista actual con énfasis en los Estados Unidos. En base a esta interpretación, ofrezco argumentos para una respuesta marxista a la crisis. Mi intervención y la de otros marxistas demuestran nuevamente lo fértil que es el terreno de la crítica inspirada en el trabajo de Marx. Estas intervenciones contribuyen para que se redescubran los recursos del marxismo para explicar y superar las instabilidades, costos sociales y limitaciones del sistema capitalista.

El capitalismo como un sistema con oscilaciones

Las economías capitalistas de todo el mundo exhiben un patrón recurrente de oscilación. Por un lado tenemos periodos donde las intervenciones limitadas del estado en los mercados y los arreglos de propiedad privada confrontan crisis que se manejan más o menos bien. Aun así, eventualmente llega una crisis que supera la capacidad de manejo del sistema. Es ahí donde ocurre una transición donde se ven relativamente más intervenciones económicas por el estado. Esta etapa a su vez confronta y maneja crisis menores para luego sucumbir ante una crisis que no puede contener. Es ahí donde se da una transición de vuelta a un periodo de menor intervención económica por el estado. Lo que es similar en ambos periodos en este proceso de oscilación es la estructura capitalista de producción dentro de las empresas. Es allí donde un pequeño grupo supervisa la producción y venta de las mercancías producidas por un grupo grande de personas empleadas. Ese grupo pequeño se apropia y luego distribuye distribuye el plusvalor— el exceso del valor añadido por los trabajadores por encima de sus salarios— incorporado en esas mercancías.

Usaremos los términos “privado” y “estatal” para diferenciar estos periodos o formas del sistema capitalista. Así, por ejemplo, la crisis del 1929 del capitalismo privado en los Estados Unidos llevó a un capitalismo de estado con el Nuevo Trato del presidente Roosevelt. Eventualmente, durante la década de los 70, ese capitalismo de estado sufrió una crisis seria que provocó, nuevamente, una transición hacia un capitalismo privado. Este tipo de oscilaciones caracteriza a todos los capitalismos.

Dos teorías diferentes dentro de la corriente principal (no-marxista), y que están en contienda una con la otra, han dado explicaciones alternativas para las repetidas crisis del sistema durante el pasado siglo. Para cada crisis esa teorías proponen, como era de esperarse, soluciones diferentes y la crisis actual no es una excepción. La ideología hegemónica ha oscilado entre estas dos teorías al igual que el capitalismo has oscilado en sus dos formas.
Una de esas teorías, identificada como la teoría keynesiana, señala que la poca regulación, tanto de las empresas capitalistas privadas como de los mercados libres, tiene límites estructurales e imperfecciones que empujan, de manera periódica, a las economías capitalistas a periodos de inflación, recesión y hasta depresión. Esa teoría comprende que sin una intervención “desde afuera”, el capitalismo privado puede quedar en depresión o sufrir una inflación por un periodo tan largo como para generar una oposición masiva que podría amenazar al sistema mismo. La teoría económica keynesiana identifica esos mecanismos claves que producen la crisis en el capitalismo privado y recomienda varios tipo de intervenciones por el estado (por ejemplo, regulaciones y el uso de políticas monetarias y fiscales) para reducir la profundidad, duración y frecuencia de los mismos.

La otra teoría de la “mainstream” es asociada por los que la celebran con el pensamiento de Adam Smith, el pensador clásico que es considerado como el “fundador de la economía moderna”. La misma celebra al capitalismo privado (libre mercado y propiedad privada) como el sistema económico que mejor sabe generar la riqueza máxima posible y, por lo tanto, estabilidad social. En su forma “neoclásica”, esta teoría enfatiza cómo y por qué el capitalismo privado genera el “óptimo” de todos los posibles resultados. Cuando no se dan resultados óptimos, los economistas neoclásicos usualmente argumentan que los mismos son causados por intervenciones externas (por ejemplo, del estado) o violaciones de las reglas internas de la búsqueda del interés propio, la operación de la competencia en el capitalismo privado, etc. Es por eso que para ellos la mejor solución para los resultados sub-óptimos es el restablecimiento de reglas que faciliten la operación del capitalismo privado sin interferencia externa.
Los economistas neoclásicos acusan a las intervenciones de estado inspiradas en el keynesianismo de propiciar de manera inevitable los errores de los reguladores, la manipulación política de los mercados y a su vez los resultantes problemas de ineficiencia, inflación, estancamiento y estanflación. Argumentan que los oficiales del estado no pueden reemplazar o mejorar de manera eficiente el mecanismo de operación del libre mercado. Estos mismos economistas insisten que el libre mercado puede acomodar y organizar la infinidad de información de las distintas demandas y ofertas de manera mucho más eficiente que el estado. Por el otro lado, los keynesianos se burlan de los economistas neoclásicos por su oposición a las intervenciones de estado que son esenciales para sostener y preservar ese mismo capitalismo que estos últimos apoyan.

Desde la década de los 70 hasta el año 2008, mientras los capitalistas privados hacían campaña en contra de las intervenciones de estado a nivel nacional e internacional que restringían sus ganancias, los economistas neoclásicos renovaron y extendieron su teoría bajo la rúbrica del “neoliberalismo”. Desbancaron la anterior dominación del keynesianismo, tanto en la política pública como en la academia, que había emergido y dominado desde las Gran Depresión de los 30. Y es que estos economistas siempre habían atacado al keynesianismo desde los tiempos del Nuevo Trato de Roosevelt por haber distorsionado y aguantado al crecimiento económico, y a su vez haber promovido el conflicto social (a veces llamado “guerra de clases”). También trataron de restituir la utopía neoclásica: la visión de que la propiedad privada y el mercado libre garantizarían el aumento en los ingresos del capital y los trabajadores, crecimiento que evitaría el conflicto de clases.

En ese mismo periodo de tiempo la desregulación y privatización de los mercados se convirtió en el principio dominante de los sectores empresariales, políticos, de prensa y la academia. La economía neoclásica se convirtió, al igual que en el periodo anterior a la Gran Depresión, en la forma “correcta” de la economía moderna. Se deshizo del keynesianismo como error teórico. Los que siguieron en la onda keynesiana vieron sus avances profesionales bloqueados. El modelo para la extrema intolerancia y las hostilidades entre las escuelas teóricas dominantes fue la supresión conjunta que ambas escuelas hicieron de las teorías y economistas marxistas desde la década de los 40.

Finalmente, desde los 70 hasta el 2008 las ganancias corporativas incrementaron gracias a los aumentos en productividad que coexistían con salarios reales estancados. Dado que esto coincidió con los cambios hacia políticas de tipo neoliberal, los economistas neoclásicos de inmediato identificaron las mismas con el auge económico experimentado en las décadas de los 80 y 90. Sin embargo, con el paso de los años, esta economía relativamente más privatizada también exhibió una distribución desigual del ingreso y la riqueza, factores asociados con la explosión de la deuda y el riesgo de nuevos instrumentos crediticios basados en la misma. Eventualmente, las burbujas en los mercados de bienes raíces, accionarios y de crédito, se desinflaron como habían pronosticado los críticos keynesianos y marxistas.

El nuevo milenio hizo su debut con el desplome del mercado accionario en la primavera del año 2000, y unos años después la caída estrepitosa en las tasas de interés (orientadas para limitar los efectos de recesión del desplome) condujeron a la creación de una burbuja en el mercado de bienes raíces que explotó, llevando a una crisis de liquidez y crédito. La profunda recesión que siguió en el 2007 amenaza en convertirse en una depresión de grandes proporciones y los economistas neoclásicos se han puesto a la defensiva mientras que los economistas keynesianos resurgen desde su exilio ideológico, con conversiones de la primera posición a la segunda también dándose.

El mensaje keynesiano sigue siendo que las intervenciones de parte del estado deben salvar al capitalismo de su propia forma privada. Esto es, nuevamente, el conocimiento aceptado hoy en día. En la actual crisis aquellos que siguen siendo economistas neoclásicos arriesgan en convertirse en propulsores del fallido paradigma de ayer. Sin embargo, si las intervenciones de tipo keynesianas que comenzaron con el gobierno de Bush y que fueron continuadas y extendidas por el de Obama llevan a un capitalismo de estado, el mismo se enfrentará también a una crisis. Esas crisis entonces prepararán el escenario para una nueva oscilación a una forma más privada de capitalismo y la hegemonía asociada con la teoría económica neoclásica.

Ambas posturas sufren de un profundo conservadurismo en cuanto al capitalismo, siendo el debate sobre la intervención estatal el eje de su controversia. Cada una presume la necesidad absoluta (y nunca cuestiona) la estructura capitalista de producción: un pequeño grupo de patronos— típicamente una junta de directores designada por los grandes accionistas— que contrata y controla, vía su equipo gerencial, un grupo distinto y de mayor tamaño (trabajadores) que producen excedentes apropiados por los patronos. La oscilación entre las dos formas de capitalismo, y entre las dos teorías convencionales, evitan que las crisis dentro del capitalismo se conviertan en crisis sobre el capitalismo en sí, donde la forma de organizar la producción capitalista sea el eje de discusión. Este movimiento oscilatorio da forma y limita el debate público cuando las crisis capitalistas causan inmenso sufrir social. Limita el debate sobre soluciones sociales a si debe haber más o menos regulación, más o menos políticas monetarias y fiscales, y así por el estilo. Esa gama de opciones evita que el público imagine y discuta la solución alternativa que plantea el marxismo, enfocada en lograr una transición del capitalismo a otro sistema diferente.

Una alternativa marxista
prevenir crisis futuras” parecen ser menos convincentes que nunca. El alcance y duración de la actual crisis profundiza las dudas sobre la teoría neoclásica. Y la teoría keynesiana, aun con su iniciativa para llenar el hueco dejado, también sufre del mismo escepticismo. Es en este contexto que espacios se abren para al redescubrimiento y consideración del marxismo dado las distintas explicaciones que da para la crisis y las posibles soluciones no-capi
Luego de varias oscilaciones entre las teorías neoclásica y keynesiana, las soluciones prometidas para “talistas.

La teoría económica marxista que utilizamos— y su aplicación a la crisis actual— está presentada en detalle en otros trabajos (Resnick y Wolff, 1987, 2006). La usaremos aquí para explicar las causas de la crisis y para ofrecer una posible solución que contrasta radicalmente con las alternativas neoclásicas y keynesianas.

La crisis a la cual nos enfrentamos tiene profundas raíces en los 125 años previos de historia de los Estados Unidos. Desde los 1870 hasta los 1970, dos tendencias económicas claves moldearon al sistema: los salarios reales aumentaron 1.3% por año mientras que la productividad promedio de los trabajadores aumentó un poco menos del 2% por año. Para ese siglo, los trabajadores disfrutaron de una calidad de vida creciente financiada principalmente por unos salarios que iban en ascenso. Al mismo tiempo los capitalistas se apropiaron de un creciente excedente/plusvalor (porque el valor añadido al producto final por trabajador aumentó más rápidamente que el valor de los salarios pagados a esos mismos trabajadores). La brecha social entre trabajadores y capitalistas creció pero no presentó un problema político mientras los trabajadores estuviesen satisfechos con unos salarios reales que iban en aumento.
El siglo anterior a la década de los 70 puede entonces considerarse como un éxito para el capitalismo norteamericano. Los aumentos en la plusvalía para el capital fueron distribuidos de manera efectiva para contribuir a desarrollar las condiciones para su continuo aumento. Esos excedentes fueron la base para desarrollar nuevas tecnologías, pagar impuestos para financiar desarrollo infraestructural y la educación pública, para lograr fusiones y adquisiciones corporativas que facilitaran economías de escala, etc. A su vez, los trabajadores se enfocaron en su propio consumo, que iba creciendo y estaba basado en sus salarios que iban en aumento. En fin, muchos terminaron identificándose más como consumidores que como trabajadores y el consumerismo terminó convirtiéndose en una fuerza ideológica y social poderosa. Las uniones se alinearon con esta ideología al definir sus metas en términos de facilitar más consumo a través de mejores pagos en vez de lograr cambios sociales fundamentales. Al final, el excepcional “éxito” del capitalismo norteamericano reflejó, pero también dependió, del crecimiento en los salarios reales, combinado con un aumento más rápido en la productividad.

Sin embargo, el éxito tiene sus costos. Mientras los excedentes apropiados por los capitalistas crecían más rápido que los salarios, la disparidad económica creada contribuía a marcadas diferencias en las brechas culturales y políticas. Ese siglo antes de los años 70 había formalizado e institucionalizado a los procesos políticos como meros ejercicios electorales donde el dinero imponía su orden sobre las burocracias para servir los intereses del capital. Por otro lado diferencias culturales distanciaban más y más a la creciente masa de trabajadores de una elite de capitalistas corporativos multinacionales, sus accionistas, y su mejor pagado personal “profesional”.

Los peligros de la profundización de las divisiones sociales fueron pospuestos por la combinación de los aumentos en consumo personal y el consumerismo en general. La cantidad y calidad del consumo se convirtieron en la nueva vara para medir los logros y hazañas personales. El aumento en el consumo también compensó por el trabajo más exigente que se esperaba del trabajador (la “otra” cara de los aumentos en la productividad). El nacimiento y extraordinario crecimiento de la publicidad y el mercadeo moderno también contribuyó y reforzó la cultura de consumerismo (Ewen, 2001) y a su vez retó la imagen religiosa de norteamericano al punto que provocó innumerables sermones atacando la obsesión de la sociedad con los valores materiales en vez de los espirituales. Aun así, el crecimiento del consumerismo continuó y se convirtió en el pegamento social necesario para conectar a los trabajadores y capitalistas a través de todas las brechas sociales que aumentaban a su alrededor.

Comenzando en la década de los 70, la larga fórmula de éxito terminó de funcionar. El aumento en los salarios reales en los Estados Unidos se detuvo mientras la productividad seguía en aumento (ver la tabla de abajo). En otras palabras, lo que los trabajadores le entregaban a sus patronos (productividad) aumentó mientras que lo que los patrones le entregaban a sus trabajadores (salarios) no creció. Esa creciente disparidad generó aumentos en las ganancias y en las desigualdades entre ingresos y riquezas.

Los patronos capitalistas ya no tuvieron que pagar aumentos en los salarios por 4 razones principales. Primero, la automatización: la revolución de la computadora comenzó a desplazar a millones de trabajadores en los 70. Segundo, las corporaciones norteamericanas respondieron a la creciente competencia por parte de Europa y Japón moviendo su producción fuera de los Estados Unidos a lugares donde los salarios eran comparativamente más bajos. Estos desarrollos frenaron y cambiaron la composición (de la manufactura a los servicios) de la demanda de trabajadores dentro de los Estados Unidos. Tercero y cuarto, el movimiento masivo de mujeres dentro del hogar a posiciones salariales y la creciente inmigración desde América Latina aumentó el número de personas buscando empleo. Estos desplazamientos de la oferta y demanda en el mercado laboral posibilitaron que los patronos dejaran de aumentar los salarios reales de sus trabajadores.

Más importante aún es la realización de que el fin del crecimiento de los salarios reales significó el final de una era en la historia de los Estados Unidos. El impacto social de ese fin no puede ser exagerado y es que en el siglo previo (de los 1870 a los 1970) ese capitalismo se definió, celebró y defendió así mismo en términos del aumento en el consumo facilitado por alzas en los salarios que ahora no se podían lograr. El significado e implicaciones de este cambio no fueron socialmente reconocidos y mucho menos discutidos y debatidos. En su lugar, los trabajadores experimentaron el fin del alza en sus salarios como una falla individual y personal en vez de verlo como un fenómeno socio-histórico.

Fuentes: Departamento del Trabajo de los Estados Unidos, Buró de Estadísticas Laborales; Departamento de Comercio de los Estados Unidos, Buró del Censo, Historical Statistics of the United States. Esta gráfica fue producida por Jason Ricciuti-Borenstein.

La explosión en plusvalía y ganancias apropiadas por los capitalistas que se dio en el periodo posterior a la década de los 70 transformó al capitalismo estadounidense en múltiples maneras. Grandes cantidades de riqueza fluyeron a las cuentas financieras capitalistas, lo que contribuyó al incremento en su riqueza, poder e influencia social. Juntas de directores distribuyeron estos excedentes en parte a ellos mismos (como salarios gerenciales, beneficios y bonos) y justificaron tales distribuciones al conectar el aumento en ganancias, no con el fin del aumento en los salarios reales, sino con su propio genio (los CEO adquirieron estatus de celebridad). Las juntas corporativas distribuyeron otra parte de esos excedentes a distintos gerentes en posiciones menores como parte de su remuneración y gastos en costos operacionales, a banqueros (intereses y cuotas), accionistas (dividendos), abogados, anunciantes, etc. Todos estos grupos prosperaron durante este periodo dado los aumentos en plusvalía, mientras que la masa de trabajadores encontró su vida más difícil al estar sus sueldos estancados.

Esas familias de trabajadores se encontraron con una decisión que tomar. Podían haber decidido no consumir tanto dado que no tenían los ingresos para sostener esos niveles anteriores de consumo, pero eso no fue lo que hicieron. Aumentos en el consumo eran parte de la realización de los deseos personales, el reflejo del éxito social, el premio por trabajar duro, y la promesa a los hijos que tenía que cumplirse. Cuando los salarios dejaron de subir, los trabajadores respondieron con dos formas para sustentar incrementos en su consumo.

Primero, con unos salarios estancados, los hogares de trabajadores enviaron más miembros a trabajar para obtener más horas pagadas. Los esposos trabajaron más mientras que los adolescentes y personas mayores de edad cogieron trabajos a medio tiempo. Más importante aún, millones de amas de casa y madres entraron al mercado laboral. Estas respuestas ayudaron a las familias a aumentar sus ingresos familiares, pero por otro lado, al aumentar la oferta de personas buscando trabajo, en general socavaron los salarios.

El aumento en las horas pagadas por más miembros de la familia también impuso costos individuales y sociales adicionales. Las mujeres se vieron desempeñándose en dos trabajos a tiempo completo, tanto fuera como dentro del hogar (Hochschild, 2003). La tensión añadida de este doble turno alteró y causó tensiones en las relaciones dentro del hogar. El soporte emocional que integró y sostuvo a las familias tradicionales, uno mayormente ejecutado por mujeres, fue comprometido cuando las esposas añadieron horas extra de trabajo a sus tareas. Los divorcios aumentaron desde los años 70 en adelante en conjunto con otros signos de creciente enajenación y tensión (por ejemplo, dependencia de drogas, abuso en el hogar, etc.). El dinero que entraba al hogar gracias a la labor femenina en el mercado laboral terminaba filtrándose dado los costos asociados con sus nuevos trabajos (por ejemplo con la transportación hacia y desde el trabajo, la compra de comidas, gastos de limpieza, cuido de niños, medicinas, etc.) por lo que se reducía la contribución neta que buscaba aumentar el consumo del hogar.

Otra manera para financiar el consumo tenía que encontrarse y la solución fue la deuda familiar. La Reserva Federal informa que la deuda familiar total en 1974 fue de $734 mil millones mientras que en el 2006 había aumentado a $12.8 billones. Esta explosión en deuda que se dio en 30 años no tiene precedente histórico. Los trabajadores agotaron sus ahorros e incurrieron en deudas que seguían aumentando. Para el año 2007, los trabajadores y trabajadoras en Estados Unidos estaban exhaustos por sus largas horas, emocionalmente agobiados por la desintegración de sus familias y hogares, y extremadamente ansiosos por los niveles sin precedente, y para millones de ciudadanos, insostenibles de deuda.

Estas maneras que se dieron en el periodo post 1970s de exprimir a los trabajadores norteamericanos financiaron una prosperidad sin precedentes para los capitalistas estadounidenses. Ellos y sus asociados gozaron de una nueva era “dorada”. La riqueza extrema personal entre ellos se convirtió en el foco de adulación de los medios y la prensa, cosa que contribuía a cultivar envidia. Los Estados Unidos de finales del siglo 20 reproducía lo que para los Rockefeller, Carnegie y demás de su tipo habían logrado al final del siglo anterior. Las juntas de directores corporativas ahora podían gastar de forma extravagante en la computarización, investigación y desarrollo, y en el costoso traslado de producción a facilidades en el extranjero. También fueron generosos con los políticos, a quienes lubricaron para obtener mejor control del gobierno a todos los niveles, mientras que los salarios estancados y problemas en el hogar llevaron a muchos a retirarse de sus labores cívicas para concentrarse en sus trabajos y familias. Es así que los capitalistas pudieron hacer del gobierno una institución que fuese más responsiva a sus necesidades de expandir las condiciones para su rentabilidad (baja de impuestos, cambio tecnológico, inmigración, exportación de trabajos, etc.). Muchos trabajadores entonces terminaron sintiéndose más enajenados de la política y resentidos con los políticos.

La explosión de una riqueza concentrada en pocas manos alimentó el rápido crecimiento de empresas especializadas en manejar esa riqueza buscando inversiones rentables para la misma. Bancos de inversión, fondos de cobertura, y demás instituciones competían por una clientela de individuos de “alto valor”. Descubrieron, inventaron y mercadearon nuevos instrumentos financieros como formas para invertir y obtener ganancias. Como ha ocurrido frecuentemente en la historia del capitalismo, cuando las ganancias aumentan, el manejo competitivo de la riqueza terminó deslizándose hacia una especulación alimentada por la euforia de la creciente riqueza. La búsqueda por mayores rendimientos llevó a esos que manejaban y controlaban las riquezas a tomar mayores riesgos financieros, un proceso que se auto-convalidaba y se auto-reforzaba.

Algo sintomático sobre las profundas divisiones en la sociedad estadounidense fue que una de esas especulaciones financieras estaba dirigida a prestarles a altas tasas de interés a las familias de clase trabajadora. Como notamos anteriormente, muchas de estas familias estaban dispuestas a coger prestado para sostener su “sueño americano” de disfrutar un mayor consumo luego de que sus salarios dejaron de aumentar. Los llamados préstamos hipotecarios de alto riesgo (“subprime mortgages”), hechos a esas familias con todo y el gran riesgo que implicaban, eventualmente castigaron a los prestamistas cuando los solicitantes de esos préstamos incumplieron sus pagos. Las familias trabajadoras no podían trabajar y ganar más, coger más prestado, o saldar sus deudas. El arreglo financiero entre bancos, fondos de cobertura y aseguradoras— lo que en efecto era un castillo de naipes— terminó derrumbándose. Los salarios estancados que habían facilitado el auge capitalista retornaron para explotar la burbuja de inversión capitalista. Marx hubiese dejado pasar la ironía y las personas que ahora redescubren a Marx están intrigadas tanto por esa ironía como por la perspicacia de su análisis.


Contradicción y Crisis

En el lingo marxista, los intereses opuestos entre trabajadores y capitalistas (i.e. estructuras y luchas de clase) fueron influencias claves en el estancamiento de los salarios que se dio luego de los 70 y que lanzó la trayectoria de la crisis. A su vez, los intereses contrarios entre capitalistas vía la competencia llevaron a que los mismos buscaran más y nuevas oportunidades para invertir sus excedentes en actividades rentables, cosa que desembocó en muchos casos en mucho más riesgo de su parte. La innovación financiera se transformó en una peligrosa especulación que a su vez también contribuyó a que se diera la crisis.

El festejo capitalista que se dio luego de los años 70, mientras el sistema les traía inmensas cantidades de riqueza, fue uno provocado por las nuevas condiciones en las que estos, en vez de pagarles salarios más altos a sus trabajadores como lo habían hecho en los cien años previos, ahora les prestaban más dinero, lo que para los efectos podría verse como un nirvana capitalista. Sin embargo, prefirieron creerse la historia de que su habilidad empresarial y la operación de mecanismos enfocados en la eficiencia del capitalismo privado, combinados con el libre mercado, eran la fuente de su riqueza. Para ellos y sus seguidores ideológicos, sus elevados niveles de riqueza demostraban que un sistema capitalista privado y no regulado era superior a cualquier alternativa que se pudiese concebir. Mientras los buenos tiempos del capital seguían, los grupos que financiaban, como los políticos, los medios de comunicación y la academia, afirmaban y formalizaban tales creencias.

La teoría marxista ofrece las siguientes tesis básicas sobre la raíz de la crisis actual: (1) el fin del aumento en los salarios fue una realidad dura en la que se cimentaba la prosperidad basada en deuda que se dio a partir de los años 70, y (2) el beneficio de los capitalistas fue basado en pérdidas para los trabajadores. Estas dos tesis fueron consideradas inaceptables e ignoradas en el largo periodo post 1970 pero el cansancio, tensión y deuda de la clase obrera, más las pobres decisiones de inversión y especulación de parte de los capitalistas que contribuyeron con la crisis, han comenzado a derrumbar el triunfalismo capitalista. Es en este contexto que el retorno del análisis marxista fue en parte un efecto y ahora es una causa de ese derrumbe.

Una solución marxista

La combinación de salarios estancados (si es que no están cayendo) coexistiendo con aumentos en la productividad siempre son desiderata de los capitalistas en su eterno conflicto con los trabajadores productivos. Cuando han logrado esas condiciones deseadas, los resultados siempre han implicado una creciente desigualdad en la riqueza y los ingresos, aumentos en la especulación financiera, y burbujas que estallan en crisis. Y es así en el presente nuevamente.

Los economistas neoclásicos y sus aliados insisten, como siempre, que las causas de la crisis actual se pueden localizar en las intervenciones de un ignorante, corrupto y malintencionado gobierno en las actividades del capitalismo privado. Su solución es, pues, regresar a un capitalismo privado lo antes posible. Desafortunadamente para ellos fueron los grandes capitales privados quienes buscaron en el gobierno ayudas masivas e intervenciones para subsanar la crisis. Es así que, desde el 2008, los argumentos neoclásicos fueron perdiendo fuerza en comparación con la posición dominante que gozaban en el último cuarto de siglo al muchas personas verlos como estando divorciados de la realidad.

Con la elección de Obama, keynesianos moderados y sus aliados llegaron al poder y en cierta forma han logrado recobrar parte de la influencia social que habían tenido antes de los 70.1Los mismos arguyen que la desregulación y falta de intervención gubernamental fueron las grandes causas de la crisis, y que la solución radica, precisamente, en regresar a la regulación y la intervención. El problema es que ellos, al igual que los economista neoclásicos, confrontan serias dudas y problemas. Por un lado tenemos a un público que está enajenado políticamente y que tiene sospechas y dudas sobre el gobierno como tal. Por otro, la historia misma de la respuesta keynesiana a la última gran crisis del capitalismo en la década del 30 pone en duda su eficacia.

FDR instaló sistemas de regulación, programas de gasto, e impuestos sobre el capital norteamericano en los años 30 tratando de terminar con la Gran Depresión. Pero es un hecho que su intento no tuvo éxito; sus políticas económicas nunca resolvieron el problema del desempleo. Fueron otros tipos de políticas, asociadas con la preparación para la guerra y la guerra misma, las que finalmente terminaron con el desempleo masivo. Las regulaciones, impuestos, y gastos asociados con el Nuevo Trato sí contribuyeron a suavizar el azote de la Gran Depresión, pero sólo en parte. FDR había prometido que sus intervenciones contribuirían a prevenir otras caídas en el futuro, pero la experiencia de los Estados Unidos contiene una docena de recesiones económicas luego de la década de los 30, culminando en la de hoy en día, a la que frecuentemente se le identifica como la Gran Recesión.

El marxismo ofrece una explicación única sobre los límites y fallos de las políticas keynesianas. A su vez propone una solución que también es alternativa a la propuesta de regresar al capitalismo privado que plantean los neoclásicos. Y es que la creciente atención que tienen los análisis y propuestas marxistas refleja su status como alternativas serias tanto a las propuestas neoclásicas como a las keynesianas.

Las regulaciones, gastos e impuestos del Nuevo Trato en muchas ocasiones pusieron límites a las formas y medios que utilizaban los capitalistas para buscar sus metas. Sin embargo, esas intervenciones gubernamentales en la economía norteamericana nunca cambiaron la estructura capitalista que imperaba dentro de la producción donde el capitalista era el que mandaba. Todavía seguían siendo ellos los que decidían qué, dónde, y cómo producir. También eran ellos los que se apropiaban de la plusvalía para luego distribuirla. Sus empleados vivían con las consecuencias de esas decisiones pero no participaban en el proceso de su desarrollo o control. Este tipo de estructura existía también dentro de las empresas del estado que fueron establecidas en ese tiempo (por ejemplo, la Tennessee Valley Authority).

Los patronos dentro de las empresas capitalistas privadas—organizados en su mayoría como una junta de directores escogida por los accionistas mayoritarios— se vieron enfrentados a la competencia de otras empresas y demandas de sus accionistas, recolectores de impuestos del gobierno, acreditadores, gerentes, suplidores, etc. Esas presiones podían ser contenidas o manejadas de mejor forma mientras más grandes fuera la plusvalía extraída. Es por eso que las juntas de directores tenían todo tipo de incentivo para evadir, debilitar y desmantelar las imposiciones que había hecho el gobierno con el Nuevo Trato, imposiciones que afectaban su capacidad para apropiarse de mayores cantidades de plusvalor, o como ellos decían, las limitaciones que imponía el gobierno sobre sus ganancias y libertad para buscar su propio crecimiento.

Más importante aún, esas juntas de directores que se apropiaban de la plusvalía generada dentro de sus empresas entonces contaban con los recursos para evadir, debilitar y desmantelar al Nuevo Trato. De hecho, eso fue lo que los capitalistas hicieron comenzando en los 30, proceso que luego intensificaron luego del final de la guerra en el 1945, y que finalmente llevó a un asalto directo de lo que quedaba del Nuevo Trato en los 70.

Dado esta historia, el uso que hace Obama de políticas de corte keynesiano supone dos preguntas que no se pueden escapar. Primero, ¿por qué utilizar ese tipo de intervención cuando las mismas solo funcionaron de manera parcial? Segundo, dado que las corporaciones acumularon experiencia en controlar, evadir y destruir las intervenciones del estado, ¿no van a lograr los mismos resultados pero aún más rápidamente en esta ocasión? Aquellos que postulan estas preguntas y pierden confianza en las políticas anti-crisis de corte keynesiano en algún momento se encuentran con los análisis y alternativas de tipo marxista.

La respuesta marxista a las crisis capitalistas recurrentes no es una basada en la oscilación hacia un capitalismo privado (la solución neoclásica) o hacia un capitalismo de estado (la solución keynesiana). No favorecería un tipo de capitalismo sobre otro. La alternativa marxista a las crisis capitalistas sería la de cambiar y movernos más allá del sistema capitalista en base a que podemos y debemos hacer mejor. Dado que las visiones tradicionales del socialismo “realmente existente” se enfocan en las dimensiones a nivel macro, nuestro argumento, en contraste, va a subrayar el nivel micro, lo que significa que vamos a enfocarnos en una transición hacia una organización de la producción, apropiación y distribución de los excedentes (plusvalor) dentro de la empresa que no tenga forma capitalista.

La meta de esta alternativa es que los trabajadores estén en la posición colectiva de recibir los excedentes que producen dentro de la empresa, lo que los colocaría en la posición para distribuirlos. Para los efectos, estos trabajadores podrían concebirse como su propia junta de directores, una que sustituiría a la junta de directores tradicional que es elegida por y responde a los accionistas mayoritarios. Esto eliminaría la inherente confrontación entre trabajadores y capitalistas. Los trabajadores que se conviertan en su propia junta de directores van a alterar qué, dónde y cómo producir y a su vez harían decisiones sobre las distribuciones de los excedentes de la empresa. Si las “empresas de autogestión trabajadora” hubiesen prevalecido en la economía norteamericana en los 70, es posible pensar que los salarios reales no se hubiesen quedado estancados, ni que la exportación de trabajos hubiese aumentado, o que se hubiesen adoptado nuevas tecnologías en el sitio de trabajo que ponen en riesgo la salud. Y estos son sólo algunos de los ejemplos.

Este tipo de cambio sería un gran paso inicial hacia la democratización de la economía en general.iiiLa democracia económica primero requeriría que en cada empresa los trabajadores productivos tomarían las decisiones de forma colectiva. Otro paso que seguiría sería que se extendiera la democracia económica al integrarla con las organizaciones comunitarias democráticas (locales, regionales, etc) para que trabajen de manera interdependiente con cada empresa. Los trabajadores y residentes entonces compartirían el poder democrático sobre los productos y excedentes producidos y distribuidos por cada empresa, al igual que aplicarían ese poder a las instituciones públicas, a las reglas de comportamiento, etc.

Este tipo de política de corte marxista eliminaría al capitalismo al nivel micro de la empresa al alterar fundamentalmente la estructura de clase. Esto contrasta con el “otro” del capitalismo, el socialismo tradicional, que se enfocaba en la dimensión macro de tratar de trascender al capitalismo—por ejemplo, haciendo cambios en la mezcla público/privada del control de la propiedad productiva y cambios en la mezcla mercado/planificación para la distribución de recursos y productos. Nuestro punto es que el socialismo tradicional echó a un lado las dimensiones micro y nuestra visión para el siglo 21 presume que, para ser exitosos, esas transformaciones a nivel macro tienen que estar ancladas en transformaciones a nivel de la empresa donde los trabajadores se apropien y luego distribuyan de manera colectiva los excedentes que ellos mismos producen.

El cambiar la estructura de clase no va, de ninguna manera, a eliminar las contradicciones o siquiera las crisis de la economía. Las crisis han ocurrido en sociedades pre-capitalistas y ocurrirán en sociedades post-capitalistas. Sin embargo, las mismas serán diferentes, serán comprendidas de otras formas, y provocarán distintas respuestas dependiendo de las distintas estructuras de clase prevalecientes en ese contexto. Por ejemplo, si los trabajadores en los Estados Unidos hubiesen sido su propia junta de directores, es posible que en los años 70 sus salarios reales no hubiesen parado de crecer. En el caso más importante y general, la extensión de la democracia implícita en una transformación post-capitalista promete que las reglas económicas, regulaciones, adjudicaciones de disputas, distribución de los beneficios y costos sean más equitativas que lo que existe hoy en día. Promesas y metas similares estuvieron detrás de movimientos democráticos desde la Revolución Francesa, y hoy en día motivan el movimiento a favor de la democracia económica, cuya ausencia ha ido en detrimento de la democracia política que vemos en su versión formal pero no sustantiva.

La meta del marxismo del siglo 21 es la de finalmente lograr que lo anterior se haga realidad al cimentarla con la democracia económica en el lugar de trabajo. La crisis capitalista sostenida que ahora nos impone enormes costos sociales a nivel global a su vez también reta las oscilaciones entre los paradigmas neoclásicos y keynesianos. Esto abre espacios y oportunidades y empuja el redescubrimiento del marxismo y su crítica del capitalismo en los niveles macro y micro. En fin, las alternativas teóricas y prácticas que ofrece la tradición marxista están nuevamente siendo parte de los debates internacionales sobre el cambio social.


1“Moderados” porque habían sido intimidados por la hegemonía neoclásica que se dio en el periodo post-1970. En comparación con los keynesianos de la época que va desde Franklin Delano Roosevelt a Lyndon Johnson, estos keynesianos son mucho menos agresivos y mostraron su “centrismo”, primero como consejeros de la administración Clinton y luego de nuevo con la de Obama. Por ejemplo, a diferencia de FDR y Johnson, las propuestas de estos últimos keynesianos no incluyeron programas comparables de gastos gubernamentales orientados a los trabajadores promedio (por ejemplo, la expansión en trabajos y servicios públicos).
iRefiérase a la discusión superficial de Christopher Hitchens (2009).
iiPara una exposición sistemática de las diferencias significativas entre los principales paradigmas actuales dentro de la economía, vea Wolff y Resnick (2012).
iiiPara una exposición más completa del argumento sobre la transición a las “empresas de autogestión trabajadora”, véase Wolff (2012). El portal cibernético democracyatwork.info también contiene una rica colección de documentos sobre este tipo de empresas.


Publicadas por gallo rojo


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